Conjugar el verbo conciliar

Cuando tengo una etapa de estrés emocional-físico-psíquico, una etapa en la que quieres llorar, gritar y matar a alguien a la vez y de manera crónica, rápidamente sé qué tengo que hacer: apuntarme al gimnasio (y comer como dios manda: mucho verde).

Me apunté a uno de esos macro espacios donde tienes un sinfín de actividades, una agenda repleta que se divide en circulos de colores: rojo, naranja y amarillo según el dia que tengas. ¡Allá vamos!

Hoy toca rojo.  Sí o sí, cardio a tope. Mientras le doy a la pedaleada que según el entrenador, bien equipado, estamos subiendo  montaña, con una carga media alta, voy gritando la canción de fondo ¨Its my life¨. Mis glúteos van tirando uno del otro, me sudan las muñecas y aquí no se baja nadie de la bici.

Hay solteros,  abuelos, jubilados, padres, y mucha estresada como yo.

Entro al vestuario y mi asombro es que no está lleno de carnes esplendorosas, curvas y rectas garabateadas. Sino que ahí todo se cae. Nada está puesto donde te han hecho creer. En pelotas, como la vida misma, se secan el pelo, se visten, se ponen crema, se pasean, conversan, pero también corren para que se ponga el bañador, para que se vista rápido, para que no moleste.

¨¡Que dejes eso! ¡Me voy eh! ¡Te he dicho que me voy y aquí te quedas! Pregunta a Laura si le vemos  mañana en la piscina. Mañana nos vemos, ¡vale! Yo voy a ir a clase de ¨functional kids¨. Tu madre contigo no se aburre, ¡eh! Te quieres dar prisa, ¿por favor?¡Ya está bien! ¿A qué no sabías que antes de ser abuela, yo era la mamá de tu mamá?

¡Hay niños! ¡Y niñas!

¡El gimnasio está repleto de mujeres con sus hijos! Está repleto de madres y de madres que cuidan a los hijos de sus hijas.  Se pasean por delante de las máquinas donde solo hay bestias sudando, con los carritos de bebe, las mochilas, solas; y los niños corretean y gritan y lloran.  En un clima de adultos donde solo hay adultos, se rompe el silencio con el pataleo de la generación más joven. Desde luego es un cuadro lleno de contradicciones. Insólito.

La madre, que busca un momento para ella, tiene la gran oferta de poder llevarse a su mochuelo al  gimnasio a un precio dos por uno. Una ganga.  Bajo el lema publicitario en rojo intermitente: ¡No dejes de hacer lo que te gusta!  Ella lo da todo en la clase de bodypump, spin, zumba y luego a compartir momento en la piscina que ha leído, le han dicho,  ha oído, sobre los beneficios psicológicos para el niño y la importancia del tiempo de calidad conjunta.

Yo cada vez que voy a nadar después de mi clase de color rojo,  no  puedo concentrarme. En un carril tengo la clase de aquagym con la música a todo volumen, pero en el lado izquierdo tengo a las madres con sus bebes gritando. El  espectáculo está garantizado. Me voy a la sauna. Tengo un problema con el ruido.  No lo soporto.

Puede que haya gente encantada con este invento de: ¡Yes, we can! Superwomen al poder. A mi me han engañado. La saga no tiene fin.  Tendré que ir con mis hijos pero también tendré que ir con mis nietos.  Y pregunto yo: ¿esto es lo que me tocará para no dejar que ese trozo de carne siga cayendo en picado? ¿y mi  mente se liberará del estrés? Levanto la mano y pregunto: ¿cuándo me toca estar sola? Estaré conjungando el verbo conciliar hasta en futuro.

No quiero ponerme a pensar si realmente educaré a mi hijo en un ambiente adaptado al adulto. Basado en horarios de adultos, rodeado de personas adultas, encerrados, con luz de focos de neon. Un mundo adulto donde se insertan emoticones de colores.

Yo, mientras nado,  recuerdo mis clases de gimnasia rítmica. Cuatro veces por semana entrenábamos; los fines de semana a competir. Haciendo equipo, peleando entre nosotras porque no nos salía el ejercicio, con nuestras profes, nuestros mallots y moños y nuestro aro,  cuerda, pelota y demás artilugios. Aprendiendo valores fundamentales: sacrificio, respeto, esfuerzo, trabajo conjunto… Respirando aire inocente y casi puro. Era mi espacio, mi tiempo, mis amigas,  mi momento,  mi universo, que luego compartía con mamá cuando me recogía de la clase.

El mundo al  revés.  Ahora en las empresas solo hacen que presentar cursos de mindfulness y cómo trabajar en equipo. Yo eso lo empecé a aprender a los tres años y ahora lo aplico en mi vida casi sin querer.

Yo propongo lo siguiente. Parémonos a pensar si esto es el avance de una sociedad multiempleada que no está aquí ni allá.  Si hacia aquí va el mundo occidental, señores del estrado, conmigo no cuenten.

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